Desde el Golfo de Méjico hasta Tokio todos los seres humanos hemos padecido el despecho. Ni la madurez, la edad o la ideología nos ha librado de tan letal experiencia.
La diferencia entre hombres y mujeres radica definitivamente en la forma de afrontarlo. La mejor muestra, son las innumerables comedias románticas americanas; en ellas, mientas las mujeres caemos en la más profunda etapa de depresión y locura, los hombres caminan las calles con la mirada perdida o salen corriendo a tomar cerveza con su mejor amigo en el bar más cercano.
Todas las madrugadas millones de mujeres lloran un hombre! Tenemos que hacer algo. Necesitamos dejar de sentirnos como locas irracionales, amargadas sin remedio o solteronas en potencia. Señoras les tengo una noticia! El despecho es irracional, trae amargura y está acompañado de remordimientos, inseguridades y miedos.
En estados de ruptura definitiva o impotencia extrema, necesitamos deshago, reflexión, superación y risa; pero sobretodo necesitamos re significar nuestro dolor.
Pero... ¡Cuidado! este proceso no tiene que ser traumático, puede ser libre, abierto, tranquilizante y sobre todo transformador. Transformamos nuestra historia de "mala" a "buena", en otras palabras terminamos entendiendo que NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA.
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